martes, 31 de diciembre de 2013

Día 31. La discusión sobre el desayuno



Durante este mes he tenido los despertares más felices de los últimos años. Los días se prolongan en rayos imaginables como cetros de poder. Más allá de toda poesía, la verdad es que estas sesiones de ejercicio en las que me encuentro de nuevo a mí mismo han sido reveladoras de íntimos detalles de mi personalidad, casi como una terapia en estos tiempos de crisis.

Debido a un ligero malestar en mi espalda tuve que reacomodar mi sesión del día de hoy, que se suponía debía ser de carrera, tal como sigue:

-10 minutos de calentamiento en la bicicleta fija
-5 repeticiones de 3x2: 3 minutos con resistencia máxima x 2 minutos con resistencia mínima
-Estiramiento

Un jugo de naranja, nopal, apio y perejil y algo del recalentado del relleno del pollo de navidad vinieron a cerrar la sesión matutina. Después comencé una breve discusión con una amiga acerca de si debía entrenar con el estómago vacío o no. De acuerdo con su bariatra, lo mejor es comer antes del ejercicio (al parecer a ella le recomendó una taza y media de papaya, pero para cada quien sería diferente la indicación); de acuerdo con algunos blogs y revistas de divulgación científica, lo mejor es hacerlo con el estómago vacío.

Al parecer recientes investigaciones en universidades del Reino Unido han llegado a la conclusión de que comer antes de ejercitarse retrasa los procesos metabólicos de los lípidos; pero por otro lado, algunos piensan que hacer esto te pone en estado “moriré-de-hambre” y te hace querer comer muchísimo más, después de la actividad física.

Aunque en lo personal yo todavía no llego a una conclusión definitiva, seguiré el consejo que me dio mi amiga: “haz lo que dicte tu corazón”; y mientras encuentro más información sobre el asunto, seguiré entrenando a primera hora de la mañana, porque eso de correr después de haber comido algo nunca me ha sentado bien.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Día 30. Inmovilidad y cómo los aztecas descubrieron sus secretos

Piedra del Sol. Al centro: Ollin Tonatiuh. Sol en movimiento. 

Si me preguntan: ¿Por qué no comenzar con el primer día de entrenamiento? La respuesta es simple: la teoría literaria dicta que las mejores historias nunca se cuentan desde el principio. De modo que ya les contaré más tarde aquellos primeros 15 días de preparación para el verdadero entrenamiento. Por ahora debo decirles que el trabajo del día de hoy consistió en un par de actividades más bien tranquilas: 

-2.8 kilómetros de caminata con polainas de 1/2 kg 
-15 minutos de ejercicios para fortalecer el core
-12 lagartijas
-Estiramiento final

Debido a que mi entrenadora personal se encuentra de viaje, ésta es la primera sesión que hago realmente solo, sin supervisión. Me parece que no me fue mal, aunque extrañé que se riera de mi poca flexibilidad. 

A mí en general nunca me había importado. Las actividades que realizo de manera cotidiana no requieren que pueda tocarme las puntas de los pies sin doblar las rodillas o que sea capaz de realizar un split en medio de algún salón de clase. Lo curioso es que, cuando me puse a investigar, resulta que la flexibilidad no solamente es esencial para los atletas, sino que en general nuestra calidad de vida se ve mejorada cuando aumentamos y mantenemos buenos rangos de movimiento en las articulaciones. Sucede lo contrario si la dejamos perder, como cuando pasamos seis, ocho o diez horas sentados o trabajando en una misma posición, sin poner atención a las necesidades de nuestro propio cuerpo. 

Eso me llevó a pensar en lo que sabemos acerca de la cosmogonía Azteca: si Ollin Tonatiuh no recibía su tributo sacrificial se negaría a moverse a través del cielo, trayendo así la destrucción de todas las cosas. Más allá de la fascinación de los prehispánicos con el sol, me llama la atención su conciencia de la capacidad destructiva de la inmovilidad. Así como el sol destruía todo negándose al movimiento, el trabajo me había llevado a destruir mi propio cuerpo mientras estaba preocupado en pagarle tributo a otras mentes sin considerar con verdadera seriedad el propio transcurso que yo debía recorrer. 

En fin, con estas consideraciones en mente, los dejo hasta el nuevo sol.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Prólogo


El mundo académico puede ser un pozo sin fondo para aquellos que se adentran en él. Hace dos años y medio que comencé el doctorado todo parecía un poco más sencillo de lo que es ahora; y sin embargo, no es tan complejo en cuanto a la carga de trabajo y las presiones que promete su versión laboral. Recuerdo ahora una plática que sostuve con mis compañeros durante el primer semestre del programa. Estábamos discutiendo acerca de las consecuencias de estudiar un doctorado, y, como una sombra que se cernía sobre nosotros, surgió el tema del sobrepeso y los kilos que podrían llegar a ganarse durante los cuatro años que dura el mismo. Mis compañeros más experimentados, aquellos que tienen más conocidos que han completado el programa, aventuraron la cifra ominosa: diez kilos de más en cuatro años. 

Durante estos dos años y medio el temible número ha pesado como una espada de Damocles sobre mi conciencia; pero debido a una mala interpretación de la naturaleza de la vida intelectual, y a una pereza persistente, hasta ahora me había negado a actuar contra el vaticinado destino. Cada vez que el tema del ejercicio surgía en las conversaciones en casa o con los amigos me excusaba con la típica evasiva del estudiante de posgrado: “Todos los profesores en el programa te recomiendan hacer algo de deporte pero al mismo tiempo te encargan tanto trabajo que vagamente tienes la oportunidad de ver la luz del sol durante semanas enteras de lectura, investigación y escritura”.

Debo reconocer que en los últimos quince años no he practicado ningún deporte con regularidad; mucho menos he comenzado un entrenamiento serio o cuidado el estado de mi aparato locomotor. Hizo falta que mi mundo se estremeciera para darme cuenta de que el camino que había escogido me estaba llevando a lugares a donde me había prometido nunca llegar. Y el peso de los años sin ejercicio se dejó sentir. La espada de Damocles descargaba su ira sobre mi cabeza.

Hace un mes decidí deshacerme de mí mismo, o más bien de la pereza que había abrazado como mía, y comenzar a cambiar mis hábitos de vida. No me malentiendan. No suelo estar picándome los ojos, sin nada que hacer. Siempre he sido excelente en la escuela, y, aunque está mal que yo mismo lo diga, siempre he gozado de una capacidad privilegiada para el estudio. No así para el ejercicio, o al menos así me lo parecía hasta hace unos meses. ¿Debí haber hecho estos cambios antes? Seguro que sí. ¿Después habría sido muy tarde? Afortunadamente ya nunca lo sabré.
El proyecto de este diario nació casi al mismo tiempo en que decidí reconciliarme con el deporte y verdaderamente aplicar el viejo adagio griego popularizado en latín por Juvenal: “…mens sana in corpore sano”; pero no en su sentido más popular, sino tal como lo contiene la Sátira X de Juvenal:

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.
monstro quod ipse tibi possis dare; semita certe
tranquillae per virtutem patet unica vitae.

Que se traduce como

Se debe orar que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano.
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte,
Que considere el espacio de vida restante entre los regalos de
La naturaleza, que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos,
Que no sepa de ira, y esté libre de deseos
Y crea que las adversidades y los terribles trabajos de
Hércules son mejores que las satisfacciones,
la fastuosa cena y la placentera cama de plumas de Sardanápalo
Te muestro lo que tú mismo puedes darte, con certeza
Que la virtud es la única senda para una vida tranquila.

Así que, con el espíritu dispuesto, me embarco en esta aventura. Quizás este diario llegue hasta sus ojos como testimonio de un cambio necesario. Sé que para mí lo es.