El mundo académico puede ser un pozo sin fondo para aquellos que se
adentran en él. Hace dos años y medio que comencé el doctorado todo parecía un
poco más sencillo de lo que es ahora; y sin embargo, no es tan complejo en
cuanto a la carga de trabajo y las presiones que promete su versión laboral.
Recuerdo ahora una plática que sostuve con mis compañeros durante el primer
semestre del programa. Estábamos discutiendo acerca de las consecuencias de
estudiar un doctorado, y, como una sombra que se cernía sobre nosotros, surgió
el tema del sobrepeso y los kilos que podrían llegar a ganarse durante los
cuatro años que dura el mismo. Mis compañeros más experimentados, aquellos que
tienen más conocidos que han completado el programa, aventuraron la cifra
ominosa: diez kilos de más en cuatro años.
Durante estos dos años y medio el temible número ha pesado como una
espada de Damocles sobre mi conciencia; pero debido a una mala
interpretación de la naturaleza de la vida intelectual, y a una pereza
persistente, hasta ahora me había negado a actuar contra el vaticinado destino.
Cada vez que el tema del ejercicio surgía en las conversaciones en casa o con
los amigos me excusaba con la típica evasiva del estudiante de posgrado: “Todos
los profesores en el programa te recomiendan hacer algo de deporte pero al
mismo tiempo te encargan tanto trabajo que vagamente tienes la oportunidad de
ver la luz del sol durante semanas enteras de lectura, investigación y
escritura”.
Debo reconocer que en los últimos quince años no he practicado ningún
deporte con regularidad; mucho menos he comenzado un entrenamiento serio o
cuidado el estado de mi aparato locomotor. Hizo falta que mi mundo se
estremeciera para darme cuenta de que el camino que había escogido me estaba
llevando a lugares a donde me había prometido nunca llegar. Y el peso de los
años sin ejercicio se dejó sentir. La espada de Damocles descargaba su ira
sobre mi cabeza.
Hace un mes decidí deshacerme de mí mismo, o más bien de la pereza que
había abrazado como mía, y comenzar a cambiar mis hábitos de vida. No me
malentiendan. No suelo estar picándome los ojos, sin nada que hacer. Siempre he
sido excelente en la escuela, y, aunque está mal que yo mismo lo diga, siempre
he gozado de una capacidad privilegiada para el estudio. No así para el
ejercicio, o al menos así me lo parecía hasta hace unos meses. ¿Debí haber
hecho estos cambios antes? Seguro que sí. ¿Después habría sido muy tarde?
Afortunadamente ya nunca lo sabré.
El proyecto de este diario nació casi al mismo tiempo en que decidí
reconciliarme con el deporte y verdaderamente aplicar el viejo adagio griego popularizado
en latín por Juvenal: “…mens sana in
corpore sano”; pero no en su sentido más popular, sino tal como lo
contiene la Sátira X de Juvenal:
orandum est ut sit mens
sana in corpore sano.
fortem posce animum
mortis terrore carentem,
qui spatium vitae
extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre
queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat
nihil et potiores
Herculis aerumnas
credat saevosque labores
et venere et cenis
et pluma Sardanapalli.
monstro quod ipse tibi
possis dare; semita certe
tranquillae per
virtutem patet unica vitae.
Que se traduce como
Se debe orar que se nos conceda una mente sana
en un cuerpo sano.
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la
muerte,
Que considere el espacio de vida restante entre
los regalos de
La naturaleza, que pueda soportar cualquier
clase de esfuerzos,
Que no sepa de ira, y esté libre de deseos
Y crea que las adversidades y los terribles
trabajos de
Hércules son mejores que las satisfacciones,
la fastuosa cena y la placentera cama de plumas
de Sardanápalo
Te muestro lo que tú mismo puedes darte,
con certeza
Que la virtud es la única senda para una vida
tranquila.
Así que, con el
espíritu dispuesto, me embarco en esta aventura. Quizás este diario llegue
hasta sus ojos como testimonio de un cambio necesario. Sé que para mí lo es.