sábado, 28 de diciembre de 2013

Prólogo


El mundo académico puede ser un pozo sin fondo para aquellos que se adentran en él. Hace dos años y medio que comencé el doctorado todo parecía un poco más sencillo de lo que es ahora; y sin embargo, no es tan complejo en cuanto a la carga de trabajo y las presiones que promete su versión laboral. Recuerdo ahora una plática que sostuve con mis compañeros durante el primer semestre del programa. Estábamos discutiendo acerca de las consecuencias de estudiar un doctorado, y, como una sombra que se cernía sobre nosotros, surgió el tema del sobrepeso y los kilos que podrían llegar a ganarse durante los cuatro años que dura el mismo. Mis compañeros más experimentados, aquellos que tienen más conocidos que han completado el programa, aventuraron la cifra ominosa: diez kilos de más en cuatro años. 

Durante estos dos años y medio el temible número ha pesado como una espada de Damocles sobre mi conciencia; pero debido a una mala interpretación de la naturaleza de la vida intelectual, y a una pereza persistente, hasta ahora me había negado a actuar contra el vaticinado destino. Cada vez que el tema del ejercicio surgía en las conversaciones en casa o con los amigos me excusaba con la típica evasiva del estudiante de posgrado: “Todos los profesores en el programa te recomiendan hacer algo de deporte pero al mismo tiempo te encargan tanto trabajo que vagamente tienes la oportunidad de ver la luz del sol durante semanas enteras de lectura, investigación y escritura”.

Debo reconocer que en los últimos quince años no he practicado ningún deporte con regularidad; mucho menos he comenzado un entrenamiento serio o cuidado el estado de mi aparato locomotor. Hizo falta que mi mundo se estremeciera para darme cuenta de que el camino que había escogido me estaba llevando a lugares a donde me había prometido nunca llegar. Y el peso de los años sin ejercicio se dejó sentir. La espada de Damocles descargaba su ira sobre mi cabeza.

Hace un mes decidí deshacerme de mí mismo, o más bien de la pereza que había abrazado como mía, y comenzar a cambiar mis hábitos de vida. No me malentiendan. No suelo estar picándome los ojos, sin nada que hacer. Siempre he sido excelente en la escuela, y, aunque está mal que yo mismo lo diga, siempre he gozado de una capacidad privilegiada para el estudio. No así para el ejercicio, o al menos así me lo parecía hasta hace unos meses. ¿Debí haber hecho estos cambios antes? Seguro que sí. ¿Después habría sido muy tarde? Afortunadamente ya nunca lo sabré.
El proyecto de este diario nació casi al mismo tiempo en que decidí reconciliarme con el deporte y verdaderamente aplicar el viejo adagio griego popularizado en latín por Juvenal: “…mens sana in corpore sano”; pero no en su sentido más popular, sino tal como lo contiene la Sátira X de Juvenal:

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.
monstro quod ipse tibi possis dare; semita certe
tranquillae per virtutem patet unica vitae.

Que se traduce como

Se debe orar que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano.
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte,
Que considere el espacio de vida restante entre los regalos de
La naturaleza, que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos,
Que no sepa de ira, y esté libre de deseos
Y crea que las adversidades y los terribles trabajos de
Hércules son mejores que las satisfacciones,
la fastuosa cena y la placentera cama de plumas de Sardanápalo
Te muestro lo que tú mismo puedes darte, con certeza
Que la virtud es la única senda para una vida tranquila.

Así que, con el espíritu dispuesto, me embarco en esta aventura. Quizás este diario llegue hasta sus ojos como testimonio de un cambio necesario. Sé que para mí lo es. 


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